martes, enero 10, 2006


El regreso del rey sol
Jaime Calderón Herrera
jaimecalde@yahoo.com
08/01/2006


Puedo asegurar que es así.
En esa nación adoran al Sol. Lo aman, lo buscan, y como a todo dios también le temen. Miles de los pobladores sagradamente hacen la peregrinación al terminar un año e iniciar el siguiente. Con vocación asumen la aventura de transitar caminos rotos, repletos de trampas, muchas de ellas mortales. Aglomerados viajan grandes distancias, ascienden montañas, descienden a valles calurosos, asumen los riesgos del peregrino, para llegar al lugar donde el rito de adoración se combina con la inmersión.
Los peregrinos adoptan nuevos trajes. Su vestido formal se transforma en prendas con escaso cubrimiento a sus cuerpos, y el nuevo calzado permite descubrir el maltrato de sus extremidades y en no pocas veces la secuela de las micosis.
El rito comprende la unción de aceites, en ocasiones para bloquear que su dios actúe, pero paradójicamente en otras, para lo contrario: para que los rayos ultravioletas, expresión de la divinidad, los convierta en bronce y de tal forma adquirir una caracterización de semidioses.
Cubren sus ojos con adminículos que impiden ver la dirección de sus miradas, extienden sus cuerpos sobre extensiones de arena, uno al lado del otro, en curiosa disposición de cangrejos. Los pequeños corren a su alrededor con palas y recipientes en comportamiento de albañiles. Unos pocos hacen el rito de inmersión en agua salada con alta concentración de E. Coli, mientras el grueso de los adoradores cambia su posición supina a prona, con una regularidad regida tal vez, por tiempos solares.
Sonidos estridentes opacan la melodía rítmica del ir y venir del agua. Mercaderes de todo tipo de baratijas ofrecen sus productos y sus viandas, entre dialectos y acentos pronunciados por gentes de piel tornasolada mezclados con ébanos, con rubicundos, con chocolates, con aperlados, todos con su cáscara distorsionada por los rayos de su dios.
Al caer la tarde, el naranja del horizonte anuncia el cambio de ritual. El dios inicia su descenso a la profundidad. Su destino es hundirse diariamente en cópula total con la divinidad del mar, transformando sus colores azules y verdes, y su espuma blanca, en una inmensa negritud, desde donde salen los cantos de sirena.
Tales cantos develan su identidad y seducen a su feligresía. Cuentan historias de cuando el sol fue humano y se hizo rey de Francia, alaban sus hazañas, dicen que iluminó a Hobbes y a Bodino, antes de hacerse hombre. Todos pudieron saber que el absolutismo es divino. Luego ya hecho humano iluminó a Colbert, para que todos asumieran que la economía es para ponerla al servicio de la política del rey y no para resolver problemas sociales. Así, todos pudieron comprender que los privilegios son para los poderosos, y que como Nietsche lo dijera, hay que protegerlos, a ellos, a los fuertes, de los débiles.
El sol, se ha hecho hombre, se ha hecho rey y por tanto “el bien del Estado es la gloria del Rey”. El rey es el rey y también sus ministros.
Alabanzas, el dios sol ha regresado como hombre, ya no en Francia, ha decidido cruzar el Atlántico. Lo oí decir en sus cantos a la sirena. Muchos fueron detrás de ella, a medida que el dios hundía su luz y con ella cegaba a muchos miles, tal vez millones que lo siguieron hacia la oscuridad de un mar negro que se nos anunció a todos, será rojo.

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