domingo, marzo 12, 2006

Lo mismo de antes
Jaime Calderón Herrera
jaimecalde@yahoo.com
07/03/2006

Santander es feudal. Por doquier encuentro excluidos de la ciudadanía. Paisanos sin educación, transitando por caminos de la edad media, cargando al cinto un teléfono móvil, que en lugar de mejorar su condición, les extrae de sus bolsillos los menguados ingresos.
Son santandereanos sin agua potable, sin alcantarillado, viviendo a la orilla del río, con la incertidumbre de una inundación, o al pie de la montaña en espera del derrumbe. Pero eso sí, en las calles de sus pueblos, donde la ausencia del Estado es evidente, se encuentran a mano los videojuegos que esclavizan jóvenes en el vicio del azar.
Viajar por Santander produce reflexión. Tierras fértiles a más no poder, enclaustradas entre montañas, sin salidas, habitadas por campesinos paupérrimos que observan amilanados a sus amos feudales, subidos orondos en doble transmisión, vistiendo poncho y sombreros alados.
La miseria al lado de la opulencia. La señal del satélite llegando a la cloaca. El fruto ubérrimo que no produce progreso. El mundo moderno haciendo más severa la esclavitud.
Con qué dolor me he cerciorado de la desaparición de los centros de salud. Edificaciones antes hospitalarias, hoy solo son centros de negación, con puertas que únicamente abren ante el dinero.
La industria ha desaparecido. Persisten los danzarines del fique, como testigos de un trabajo intenso, que no genera ingresos ni para morirse. Provincias aquí y allá que no construyen oportunidades distintas a las de la violencia. Sociedad generadora de desplazamientos hacia los centros urbanos que amontonan ilusiones frustradas. Acordonamiento de rencores y de mendigos, todos débiles sujetos fáciles de manipular, buscando en el arma corta o en el filo de la blanca, una manera de mejorar la estima. Identificados con la fuerza para sentirse poderosos.
La sociedad santandereana, reflejo de la colombiana, deja en evidencia que caminamos en el sentido contrario al progreso. Hemos sido y seguimos siendo ricos. Pero la pobreza es la constante.
En tiempos precolombinos, entre disputas nos encontraron los saqueadores del oro. En tiempos del petróleo, entre peleas intestinas, los saqueadores del fósil y del carbón, han hecho su negocio.
En el siglo XXI, cuando las ganancias para mantener el bienestar y la opulencia de los países privilegiados, se obtendrán de la manipulación transgénica de las especies vivas, nosotros como siempre, tenemos los recursos naturales, pero al igual que antes, carecemos del conocimiento, de la tecnología, del músculo financiero, pero sobre todo, carecemos del valor para defender lo propio y construir el progreso
Somos los colombianos, dueños del 15% de la diversidad biológica del planeta, esa en la que la mirada codiciosa de los inversionistas en la “Industria de la vida”, han puesto atención, para mediante su manipulación, y la expropiación del conocimiento tradicional, convertirla en fuente de dinero.
Aceptamos con ignorancia, con ingenuidad, y algunos con perversidad, las normas de protección intelectual y patentes del TLC, que dan la exclusividad, a los descubridores del genoma humano y hoy, poseedores de la manipulación genética de los seres vivos, a desarrollar su negocio con nuestros recursos, sin réditos para la nación, dentro de una ambigua aceptación de proteger al medio ambiente.
El próximo debate electoral se ha convertido en un referendo sobre el TLC. Quienes apoyen a candidatos uribistas, ratificarán su aprobación. Quienes elijan a los candidatos de la oposición, habrán optado por la NO ratificación del tratado.

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