martes, abril 11, 2006

La amistad
Jaime Calderón Herrera

jaimecalde@yahoo.com

11/04/2006
Todos necesitamos tener amigos. Yo quiero tener un millón de amigos, dice la popular canción cantada por el brasileño Roberto Carlos.
Los seres humanos buscamos permanentemente el reconocimiento que no es otra cosa que la búsqueda de afectos. Al menos alguien que nos tenga en cuenta, que nos comprenda, que nos escuche. Un millón de amigos, un millón de afectos.
Necesitamos a los demás para servirles, para escucharlos, para comprenderlos, para amarlos. No se concibe alguien sin el, o los otros. Nadie se desarrolla solo. Solo hay un Yo, si existe un Tú, un nosotros.
La amistad supone la reciprocidad, sinceridad y respeto. Aristóteles había sentenciado ya, que si los ciudadanos practicaran la amistad no habría necesidad de la justicia.
No obstante la necesidad, no es siempre fácil cultivar amigos. A ellos hay que perdonarles todo pues para eso son amigos, aunque en muchas ocasiones pareciera imposible. Así mismo puedo decir, que duro debe haber sido que nos perdonen.
Es probable que para no ofenderlos hay que evitar superarlos. También hay que eludir el ponerlos a prueba. La amistad es incondicional pero debe procurar el halago permanente y preferiblemente ante otros.
Los padres siempre se han preocupado por las amistades de sus hijos, pues a ellas les atribuyen las malas influencias; las buenas se suponen reservadas a los progenitores. Dime con quién andas y te diré quién eres, es el dicho repetido por generaciones
La pregunta clave es hasta dónde debo ir con y por mis amigos. Muchos dicen que uno va con el amigo hasta la tumba pero que no se entierra con él. El momento en que la amistad se convierte en complicidad, no tiene un trazo claro. La sublime amistad puede en cualquier tiempo transformarse en remolino.
Para nadie es tan grave y difícil tener amigos, como para un político. Se ha dicho que la política es el arte de hacer falsos amigos y verdaderos enemigos. Y quien tiene grandes enemigos, sin duda aleja los amigos.
Si el político llega a convertirse en gobernante, para gobernar con su cuadrilla, deberá desprenderse del código permisivo de la amistad. Algunos amigos del gobernante suelen ser de bajo perfil, acostumbran oficiar de asesores, trabajan tras bambalinas, recogen y transmiten información, aportan al análisis, y de cuando en vez van al debate. Otros reclaman protagonismo, ocupan altos cargos, y presumen de la amistad. Unos y otros, y en todo tiempo, ponen en jaque al amigo gobernante.
Los amigos del gobernante y el gobernante son unidad, como la mano limpia que por limpiar la sucia se mancha. El filósofo Báidaba hace más de dos mil años aconsejó al soberano: “…vigilar siempre a sus colaboradores, para que así mismo pueda premiar a los que obren bien y castigar a los malos. Y si así no procede, los buenos se desalentarán, los malos se tornarán insolentes, y la corrupción acabará invadiendo la administración…”
Cuánta corrupción, cuánta politiquería, cuantos corruptos debemos soportar! ¡Cuántos consulados! Poder y amistad no se llevan bien. Para el gobernante no cabe la vacilación ni la complicidad, pues en ellas incuba el fracaso.

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